20160913

Tres miniaturas


1. Cosas del arte


Buenas tardes, mucho gusto, aquí tiene mi tarjeta –en tres minutos no tendré idea de quién eres–, creo que ya nos habían presentado antes, mire las vueltas que da el mundo; ¿ya le ofrecieron algo de beber?, siéntase en su casa, por allá están los canapés. Buenas tardes, mucho gusto, aquí tiene mi tarjeta, me parece que nos conocimos en otra exposición –eres el que quería llevarse gratis el cuadro principal–, qué pequeño es el mundo, ¿verdad?, ¿ya le ofrecieron algo de beber?, siéntase en confianza, allá está la mesa con entremeses. Buenas tardes, cuánto tiempo sin vernos, ¿su señora? –¿no juramos partirnos la madre por ella en la universidad?–, mucho gusto, señora, aquí tiene mi tarjeta; no se pierdan tanto tiempo, acepten una copa por favor, pónganse cómodos, tomen un bocadillo mientras llega la hora de la inauguración. Buenas tardes, el gusto es mío, ¿su tarjeta?, gracias, aquí tiene la mía, por favor diga qué se toma, la exposición es suya, no deje de probar los canapés. Buenas tardes...

Agosto 04 de 2009.

2. Juego de caballeros

El General mira el reloj, luego el horizonte, luego la mescolanza de tropas, ganados, estandartes, humaredas, y de nuevo al reloj. Llama al corneta, toma su copa de la mesa y la devuelve después de un ósculo: «Queda». El general se acerca el licor al rostro otra vez, aspira su aroma. Garabatea una nota y la entrega al ayuda de campo con un ademán. Lo mira partir a galope, cruzar la tierra de nadie y el campo enemigo amparado por la bandera blanca.
Su secretario arregla el tablero sobre la mesa: el ajedrez de sangre y pólvora deja lugar al de ébano y marfil.
Los últimos rayos de la tarde iluminan el polvo que levantan las pezuñas: el ayudante vuelve con el general enemigo para cumplir con el ritual. Los hombres de un campamento, luego los enfermeros, luego los del otro campamento, miran con desprecio el brillo escarlata y oro de sus charreteras, como ayer vieron con el mismo desdén las divisas del jefe contrario.
Los enfermeros de ambos uniformes llevan en sus camillas lo que de honor le queda a esta guerra: cada tarde, del toque de Queda al de Silencio, levantan cadáveres, heridos y pertrechos, intercambiando, sin distinción de colores, tabaco, aguardiente y medicinas.
Al crepúsculo, puntual, hoy en un sentido y mañana en el opuesto, pasa al trote un general, mirando sobre las crines, pero sin ver, las armas rotas, los muertos, la fuerza remanente del enemigo.
Cada mañana, las tropas pasan revista ante sus respectivos mandos, oyen el orden del día, reciben de sus capitanes el plan de batalla aunque diario es el mismo, y acuden hacia el enemigo como si marcharan ante el espejo, a pagar la cuota de muerte y agonía.
Es una batalla sin vencedor, sin avance, sin causa. Como el ajedrez de los generales, cada jornada termina en empate. Como peones que son, los combatientes sólo están ahí para desquitar la soldada o ganar la pensión vitalicia de sus viudas.
Esto, dicen, sólo cambiará cuando se agote la cava de alguno de los comandantes.

Julio 20 de 2013.

3. 
Biografía

Cuando comenzó a buscar, creyó que buscaba el amor. Pero el amor se le escapaba y, cuando al fin lo consiguió, se dio cuenta que ése no era el final. Luego buscó lo divino, pero la belleza de la divinidad le pareció demasiado estática e inconmovible, y supo que aún no era su hora. Entonces se deslumbró con los vivientes y buscó la vida en todo; en todo la encontró y al cabo vio que tampoco era suficiente, porque la muerte siempre termina derrotándola. Decidió, pues, que vencería a la muerte, o al menos la heriría un poco.

Abril 28 de 2007.




Del cuaderno de originales, Guadalajara.


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