20120208

Ser cadete: esencia de nuestra mística


Ese sutil sentido del misterio, eso que nos da identidad y marca la diferencia entre ‘nosotros’ y ‘los otros’, siempre lo hemos tenido enfrente. Todo lo que necesitamos para saber quiénes somos respecto de la sociedad y de otras organizaciones, fue puesto como la primera piedra de nuestro edificio ideológico por los fundadores: somos CADETES, somos «combatientes en todos los órdenes de la vida».

La mismísima identidad del pentathleta descansa en ser un combatiente multidimensional, en estar formado como cadete. No como legionario, soldado, expedicionario, rescatista, falangista, mercenario, etcétera: como cadete; no menos y no más.
El cadete es «el alumno de una escuela regida por la disciplina militar». Como alumno de esta «escuela de carácter y formación ciudadana» (Manual de Conocimientos Mínimos, 501), es estudiante: se adiestra en el uso del intelecto como su mejor arma, y apresta esa arma para que dé óptimo rendimiento. Como militar o militarizado, cifra su honor en la lealtad a su Patria, y su vocación, en el servicio a su pueblo.
El Fundador y Primer Comandante Jorge Jiménez Cantú nos explica que ‘atleta’ significa «combatiente». Así, cualquier competencia, sea intelectual, deportiva o militar, es también un combate, una batalla, que prepara a uno para el combate supremo, que es contra sus propias debilidades en los órdenes espiritual, intelectual, corporal y material (Código Fundamental, Art. 2), que le impiden ser la mejor parte de la Patria. Para esto se requiere fortalecer el cuerpo, la voluntad y la mente mediante la autodisciplina (MCM, 508); por eso la ‘fuerza’ de nuestro lema no es sólo fuerza bruta, sino moral (Ideario, 5 y 18): es LA VIRTUD DE LA FORTALEZA.
Quizá la esterilidad que afrontan algunos reclutas, cadetes, mandos e instructores provenga de desconocer la dimensión ontológica de ser cadete, y la dimensión filosófica de este «¡fibra!» (o sea, la fuerza moral y física) que gritamos como cierre de nuestras consignas y desplante de todas nuestras actividades: es nuestra manera de encarar los retos morales, intelectuales, corporales y materiales. Si todos la tuviéramos clara todo el tiempo, el método pentathlónico sólo podría asombrarnos, regocijarnos, satisfacernos y, después, darnos sed de más.
Porque el cadete-combatiente del Pentathlón no está para «rescatar» su persona, sus prójimos ni su Patria de las garras del vicio y la degradación: previene caer en ellos, al fijar su mirada en metas sublimes (Ideario, 39-42).
Porque no va en masa a encarar un enemigo desconocido, subyugado por una ideología impuesta desde arriba (MCM, 541-542); marchando detrás de otro igual a él y delante de uno más, sin identidad, como el falangista o el legionario.
Porque no deambula fatigosamente por el mundo buscando a quién hacer el bien o a qué enemigo combatir, como el expedicionario: sabe bien a quién sirve, que es su Patria, y con qué medio: su persona total.
Porque no va a combatir a quien sea a cambio de una espuria y efímera paga, sin sentido alguno de la lealtad y el honor, como el mercenario.
Porque no se sacrifica abnegada y calladamente en el altar de la Patria, como el soldado, aunque está dispuesto a hacerlo si es necesario: la máxima ofrenda del pentathleta no es la muerte, sino una «vida victoriosa» (Ideario, 27) que consigue mejores condiciones para su gente: su familia, su comunidad, su Nación (Ideario, 37)... Y de paso para sí mismo.
¿Cómo se vive, cómo se manifiesta a la manera pentathlónica este ser cadete, ser combatiente? No es tatuándose el Águila Bicéfala ni portando el uniforme gris acero a toda hora; no es con desprecio a quienes no son «como nosotros», ni dominando el tiro, la pista del infante, el tumbling o las pruebas de la Convención: eso puede hacerlo cualquiera.
El ser cadete se echa de ver fuera del horario de instrucción, cuando no se porta el uniforme: con la seriedad y respeto ante los superiores, los mayores, los Símbolos Patrios y todo lo sublime, pero también con jovialidad, alegría y caridad hacia los iguales en la escuela, el trabajo y el hogar (Mensaje al Menor, 9), pues en todos ellos el pentathleta ve un hermano, aun en sus contrincantes... Con limpieza de pensamiento, palabra y comportamiento; con aptitud para servir al prójimo en las situaciones más inesperadas, o por lo menos con la obediencia presta a quien sí sabe qué hacer (Ideario, 33)... Con el cumplimiento inmediato y exacto de cualquier orden que se reciba; con la conducción paterna, prudente y amable de los subordinados (Ideario, 17)... Con la excelencia en todos los actos de su vida, pues comprende que él y sólo él es responsable de lo que haga por la Grandeza de su Patria (CF, Art. 1; Ideario, 7; MCM, 528)... Éste es el modelo de joven, de mexicano, que debemos ofrecer a los reclutas y los padres de familia mediante nuestro propio comportamiento.
El camino simbólico que recorre el individuo, sin embargo, no para ahí. Es bastante noble guiar al muchacho en su adopción de un camino existencial trascendente –que para nosotros encarna la Escuela de Cadetes–, pero el pentathleta siempre exige y se exige más: aspiramos a que ese cadete transmita más allá su modo de vida mediante la Escuela de Clases, siendo hermano mayor de los reclutas; madurando hasta que sea capaz de orientar a su pelotón, como un padre... Anhelamos que, al adquirir la edad de los deberes ciudadanos, abrace el modo de vida caballeresco que por naturaleza representa la Escuela de Oficiales... Que sea líder de multitudes, como los Jefes... Y si la Patria y el Pentathlón lo juzgan digno, podamos depositar confiadamente en sus manos al Activo, como Jefe Nacional (CF, Art. 40).
Los Niños Héroes de la Defensa de Chapultepec son un símbolo muy poderoso para la imaginación de los pentathletas porque encarnan la cima de nuestro modo de vida: son cadetes. Es decir, son patriotas, son estudiantes, tienen sentido del deber y del sacrificio... Pero todo eso es posible sólo porque tienen la misma energía y sed de aprender de cualquier niño; la entrega incondicional y la osadía de cualquier adolescente. Ser pentathleta es comprometerse a vivir la adultez con esa energía, curiosidad, entrega y arrojo... Como cadetes.


Publicar un comentario

Sabiduría Pentathlónica